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Ningún universo será igual a otro y, como estoy a punto de contar, el de esta jovencita era tan amplio e impredecible como misterioso. Ciencia, arte y pasión, las tres cosas favoritas que habitaban en su bello corazón. Ella era una joven muy sensata y no menos educada que la hija de un buen rey. Solía soñar con los viajes por la India, atravesar la Selva Amazónica, subir al Machu Pichu, escalar el Monte Éverest, o cruzar la Muralla China. Ella soñaba con navegar los mares, descubrir nuevas ciudades y abrir puertas a su nación. De día se dedicaba a leer los libros de aventuras, de romances, de misterio, cuentos de hadas. Todo libro que llegaba a sus manos era ferozmente devorado por una mente ávida de historias. Al caer la noche, solía observar y estudiar las estrellas, aprendía sus nombres, acogía sus historias y les platicaba sus sueños.

Las estrellas y los libros se volvieron sus pasiones. Mientras creaba sus historias a la luz de la luna, las estrellas se volvían la mejor audiencia que pudiese haber pedido. Los cuentos de un ruiseñor en la corte, las princesas aventureras y los príncipes sabios, eran solo un fino hilo del magnífico textil de su universo. En aquelas noches en que su corazón se sentía anhelante, se dedicaba a escribir canciones a un amor que no conocía pero que esperaba algún día llegaría. Con guitarra en mano, bajo el hipnotizante manto estelar, aquella doncella regalaba su voz al mundo, que permanecía en completa paz mientras se deleitaba en aquella melodía angelical.

Un buen día decidió comenzar una nueva misión. Se armó de valor, empacó lo necesario, trazó el camino a seguir y creó rutas de escape para vencer cualquier obstáculo en su camino. Con el mapa en una mano y su corazón en la otra, se puso en marcha en pos de su sueño. Conoció nuevas culturas, aprendió nuevos idiomas, construyó nuevas historias. y, como siempre, cada noche fascinaba a las estrellas con sus palabras.

Una noche, mientras charlaba con su acostumbrada audiencia, no se percató que había un nuevo espectador que la escuchaba embelesado por aquella voz y las maravillosas historias que llevaba consigo. Al notar esa nueva presencia, la joven se sorprendió y sus mejillas se tornaron color escarlata. El joven caballero se acercó a ella, sigilosamente, como quien se acerca a una gacela. Se presentó como un habitante de tierras distantes a la suya y se disculpó por su atrevimiento de escucharle sin ser invitado. Pidió su consentimiento para compartirle un poco de su historia de modo que ella más cómoda en su presencia.

El caballero, con sencillas y poderosas palabras, le mostró su corazón. Ella, fue cautivada por sus historias. Con el paso de las horas, se fueron dando cuenta que ambos eran similares, en sus sueños, sus pasiones, en sus más grandes misiones y hasta en el amor de sus canciones. Con el paso de los días y meses, fueron conociendo ambos universos. Un día navegaban por las constelaciones de ella y otros días, por los anillos de los planetas de aquel joven caballero.

Pronto se dieron cuenta a quién iban dedicadas sus canciones. Ella exendió sus alas y por fin aprendió a volar. Él la amaba libre, aventurera y soñadora. Poco a poco florecieron juntos, conquistando nuevas tierras, cumpliendo nuevas misiones, trazando nuevas metas, construyendo nuevos sueños. Poco a poco, se fundieron en uno solo. Sus caminos se unificaron… dos culturas, dos tierras… un amor. Todo se volvió música, arte, poesía. Los ojos del caballero no quisieron volver a ver otro universo pues, particularmente en éste, había un amor tan peculiar que le invitaba a vivir en él hasta que la última de sus galaxias extinga su calor.

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“Love Under the Stars” by Oleh Slobodeniuk

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