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Así como las gotas que se desprenden de las aguas de las cascadas, así me sentí por un breve instante, libre, dueña de mí misma y líquida, fluída, adaptable, fresca. Me separaba de un camino que durante un tiempo abracé como propio. Entendí que mi lugar era separarme del resto y ser solo yo y mi insaciable curiosidad e ímpetu. Por un tiempo seguí lo que otros me decían, adoptando una forma esférica, cuiboide o prismática según se me exigía. Me dejaba llevar como los minerales que las aguas arrastran hacia las deltas, siendo parte de un mundo ajeno a mí.

Una parte de mí ansió pertenecer ahí. Una voz inquieta me gritaba «¡No!», mas la terquedad me cegaba e impulsaba a seguir con el plan ya trazado. La voz solía desesperarse más mientras me iba volviendo como el resto de las personas. Me sentía prisionera, y no me daba cuenta. Sólo la voz sabía la verdad, y yo la ahogaba mil veces a diario entre el ruido de la muchedumbre.

Dejé de hacer aquello que me volvía única y empecé a fundirme con el entorno. Me volví abeja en un enjambre que sólo sigue órdenes. Cada día olvidaba más mi pasión, mi arte, aquello que me hacía sobresalir y ser diferente. Me perdí entre la rutina y las exigencias de un mundo que nunca debí permitir que me absorbiera.

Cuando más ahogada me sentí, logré abrir mis ojos justo al precipitarme en la cascada, desprendiéndome del río y siendo solo yo. La libertad me recordó letras, música, colores, sensaciones que solía amar. La caída me devolvió a la vida. Puedo ser agua pero al mismo tiempo cambiar mi entorno, evaporarme y contemplar los cielos o precipitarme de las altas nubes y nutrir el suelo.

Y mientras recupero mi libertad, me vuelvo un poco más «yo» y menos «nosotros»… vuelvo a extender mis alas… vuelvo cada vez a amar más mi singularidad.