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Te colaste hasta mis huesos como una helada ventisca. De pronto te fui queriendo como no sabía hacerlo, dando un paso a la vez, sin prisas, sin ansias, sin carreras. Simplemente, te di entrada a mi mundo, un boleto al que nadie antes tuvo derecho, un regalo que no sabía que podía dar. Abrí la puerta y te invité a pasar. Increíblemente, no te perdiste en mi laberinto, y me mostrabas parte de un mundo que no había conocido jamás.

Poco a poco fui cediendo terreno, perdiéndome en ti. Poco a poco empecé a amar como nunca antes supe hacerlo, con ese torbellino de emociones y la pasión bien puesta. Poco a poco fui rompiendo mis cadenas, liberando los candados y, sin titubear siquiera, difuminaba mis frontera y mis muros se desvanecían.

Los matices de mis tierras cobraban vida, provocando un tornado de emociones y sensaciones. Cambiaste mi forma de ver ciertos detalles de mí misma, que antes pasaba por alto. Cada beso se volvió una llave, que liberaba  nuevas piezas del rompecabezas. Cada caricia debilitaba cada vez más mis muros. Cada mirada me derretía el hielo en el alma. El más ligero roce de tu piel se volvió un catalizador de mi creatividad.

Pronto, descubrí que ya no me vestía de blanco y negro, me vestía de arcoiris, me vestía de pasión, me vestía de amor, arte y especias. Ya no era sencillamente una alma gris, sino más bien una mezcla de matices, de todos los tonos que se puedan crear. Gracias a tí recuperé a mi musa. Gracias a tí… ¡Gacias a tí volví a escribir, volví a cantar, volví a ser yo!
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