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Era un día demasiado gris y oscuro para mi gusto. Había derramado lágrimas amargas casi desde su inicio. Solo yo sabía el por qué de mi angustia y mi quebranto. Solo yo sabía qué creer o qué pensar de mí misma. Me sentí sola a pesar que me rodeaban las personas que más amaba. Me sentí caer por el barranco de la desesperación, rodando por una cuesta tan empinada y sin fin, que creí que me esfumaría en el viento de tanta lágrima derramada. Me sentí perderme a mí misma por un instante. Me sentí acorralada, oprimida, desesperada… Me sentí tan pequeña como una hormiga en un mundo de gigantes. Me encerré en mi cajita de emociones.
Y, de pronto, unos brazos me estrecharon. Era un ser más grande en tamaño que yo. Evocaba una calidez que no había sentido en mucho tiempo. Esos brazos me acogieron, me asieron entre sí, me elevaron sobre la faz de la tierra. Ese abrazo que me hizo sentir segura, protegida, amada… Ese ser logró que mis pies dejasen el suelo por un momento, y me transportó a un lejano lugar de tranquilidad y esperanza. Ese abrazo me devolvió la sonrisa, e hizo borrar los grices matices que ensombrecían mi día. No pude comprender ni cómo sucedió aquello. Lo único que me quedó claro, es que esos cálidos brazos me hicieron sentir en casa, protegida y que estaría a salvo fuere la circunstancia que fuere, pues aunque no brotaron palabras de los labios de ese ser, me transmitió un mensaje más claro que un millón de palabras…

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