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Existen historias no escuchadas y palabras que en ocasiones es mejor guardar. Pero entre más observo, más ideas surgen. Es así como de observar e imaginar, surgen historias como la que he de contar ahora, sobre dos individuos en distintas sintonías:

Pasaron los años y, mientras caminaba por la vida, tropecé con letras muy similares a las mías. Mi curiosidad, como la mayoría de las veces, me obligaba a querer saber más del individuo detrás de tal conjunto de ideas que se cruzaron en mi camino. Nunca hubiese imaginado que serías tú quien vertía cantidad de prosa y versos de tal belleza, plasmando vivazmente sentimientos y explosiones, música e imágenes como nunca las había visto.

Las voces me dijeron «¿Por qué no?», y yo me decía que quizás estaba loca y que «Simplemente… ¡porque no!». Y, justo cuando pensaba huir, recibí más de tu prosa y ya no hubo vuelta atrás. Las voces insistieron: «Él no es real. Abre los ojos…» y yo me resistí. Ellas han probado ser más sabias que yo, pero extrañamente adoro retarles cada vez y termino equivocandome por mi terquedad.

Y me fuiste envolviendo en frases, palabras, historias que duraban días y conversaciones que deseaba nunca ver acabar. Nuestros sueños coincidían, y nuestras pasiones era tan similares que las voces volvían y me torturaban, sembrando duda en cada pequeño espacio posible. Las voces estaban celosas porque dejé de escucharlas… porque comencé a ignorarlas. Me sumergí en el mar que me pintabas y en el hogar que brindaba tu voz. Dejé que me absorbiera tu magia y poco a poco perdí la mía…

Decías que mi luz opacaba las demás, pero yo ya no era la misma. Una mañana desperté con una extraña sensación en el pecho, y descubrí un pequeño punto negro. Pasó otro mes y ya no era un punto… era un agujero… Podía sentir que absorbía mi luz y mi inspiración. Estaba aterrada. Tú me decías que todo iba a estar bien y que yo era fantástica. Me arropabas con tu voz y abrazabas con tu prosa. Las voces ya no estaban, pero yo me estaba apagando.

Intente de mil maneras recuperar mi luz, pero todo esfuerzo era en vano. Tú pensaste que te había olvidado y que te ignoraba como a las voces. Seguías diciendo que me amabas pero yo no podía sentirlo, y tampoco podía mostrate que yo también te amaba porque el agujero drenaba toda mi energía, toda mi fuerza. Pensaste que mentía… pensaste que todo era una historia más.

Entramos en un ciclo vicioso y, mientras más me apagaba, tú insistías en que la causa de tus males era yo. Conseguí una vela y la coloqué en mi agujero negro para que me vieras brillar «de nuevo» un poco y pensaras que todo iba mejor. Pero te sentías solo estando conmigo, y yo me sentía pequeña y culpable de tu tristeza. Hice piruetas y malabares. Hice mil vueltas y me adorné de luces para que estuvieses mejor. Y solo conseguía escuchar «Es que todavía no entiendes nada. Nunca me has entendido. No te interesa entenderme.»

Y fue entonces que, como dicen, «me cayó el veinte». Una de las voces susurró a mi oído «Respira, que todo va a mejorar.». De pronto sentí que el dolor en mi pecho había menguado, y ví que mi luz ya no era tan tenue. Comencé a invertir mi luz en mí. ¡Y vaya que incrementó! Dejé de intentar iluminar a mi alrededor, y me empecé a iluminar por dentro. Aquella voz que me rescató, volvió para animarme a seguir caminando.

Cuando ya estaba cerca de recuperar el máximo de mi brillo, tu prosa volvió fuerte y clara… solo que no era la misma que antes me arrullaba. Tu voz se volvió hostil, y mi luz se sintió amenazada. «Egoista», me llamaste. Descubrí que de alguna forma sentiste que mi brillo ahora te opacaba y lastimaba. Jamás fue esa mi intención. ¡Yo quería brillar tanto como lo hacíamos al inicio! Solíamos iluminar todo a nuestro paso. Trabajé en mi luz para que volviéramos a ser los de antes, pero no me percaté que éramos completamente distintos… habíamos llegado a destinos opuestos, y ninguno sabía cómo volver.

Prometiste volverlo a intentar pero cada vez que intentábamos brillar juntos, me reprochabas por no hacerte brillar conmigo. Mi brillo parpadeó, y me aterré. Interpretaste erróneamente el parpadeo y decidiste desaparecer. Me apagué. No quería volver a brillar y el dolor por el agujero negro se intensificó. Pasaron semanas. No escuchaba las voces. Me encontraba en total silencio. Sentía que estaban ahí, pero me ignoraban.

La voz más cálida volvió: «Pero, ¿qué haces ahí? Mira al espejo…». Abrí los ojos y vi mi imagen. Ya no era la misma. Pero tampoco estaba tan apagada y sin remedio como pensaba. «A secarse esas lágrimas y a trabajar en esa luz que no todo está perdido.», dijo la voz. Cada vez que la esperanza hablaba, me sentía más libre. Tú no volviste a cruzarte en mi camino. Esperaba verte, y hacer las paces. Pero tu rastro dejó de existir. Emprendí un nuevo camino, y empecé a trabajar en mi luz, que todavía no llega a su máximo esplendor, pero que poco a poco aumenta una candela, un lux, un lumen por vez…

Fotografía tomada en uno de mis viajes.