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En el momento menos esperado, sucedió. Cansada de tanto esperar, tanto ceder, tanto dar y entregar, me había sentado a la orilla de mi camino a ver pasar la vida frente a mis ojos. Vi cómo cada vez que daba un paso, todo se volvía inestable. No comprendía cómo podía sentirme apartada del mundo, de mi mundo… de mi propio ser. Era como si necesitara una pausa en mi camino para pensar, unir las piezas del rompecabezas y así volver a dar un paso más firme. Estaba cansada. Estaba completamente exhausta de no lograr comprender esa sensación de vacío, de frío… de ausencia…

Había aprendido a construir una fortaleza a mi alrededor. Poco a poco se erigieron muros, cada uno más resistente al anterior. Aquello no me permitía sentir ni la más mínima simpatía. Llegué a un punto en que desconecté casi por completo la psique del cuerpo. Había quedado en un invierno permanente, en el que sobrevivía mimetizándome con el medio, ocultando así mi propio dolor.

Fue entonces que algo sucedió, sacudiéndo mi mundo, estabilizando el suelo bajo mis pies mientras derrumbaba mis muros, poco a poco, arrasando cada vez con más fuerza todas mis inseguridades, mis miedos. Por primera vez, un rayo de luz empezó a colarse por mi ventana cada día, cada noche. La calidez empezó a disipar mi invierno, liberando parte de las cadenas que mantienen presa a mi alma. Por fin pude ver destellos de colores, y comencé a anhelar ver de nuevo el arcoiris en todo su esplendor.

Sentí cómo alguien fue capaz de besarme el alma, borrando todo aquello en blanco y negro y transformándolo a colores. Pude empezar a andar por mi vida. Me despojé de parte de las ataduras, liberé mis pies y me puse en marcha. Me decidí por primera vez, con una fuerza que no reconocía en mí misma, a tomar la batuta y ser la dueña de mis pasos. Abrí los ojos y por primera vez lo ví. Pude observar de cerca ese ser que daba calor a mi mundo, aún en medio de la tormenta que azotaba el suyo. Descubrí que ese ser brillaba más de lo que jamás lo hubiese hecho cualquier otro que intentase acompañarme en mi camino. Es un ser que no esperaba que me sacudiera de pies a cabeza, con sus sueños, anhelos, metas y esperanza. No era un ser cualquiera, sino aquel que se ha dedicado a enseñarme a restaurar el puente entre mi psique y mi cuerpo.

A ese ser tan diferente, debo agradecer de todo corazón, pues aún enmedio de su caos y su tormenta, ha sido capaz de besarme el alma con amor y devolverme la esperanza.

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