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No necesitaste mucho para cautivar mi corazón. No te lo dejaré saber todavía, pero ahora te pertenece. No entendí bien cuál fue tu estrategia en el juego y me has dejado en jaque-mate. Intenté darle vuelta a los resultados, a las jugadas, a cada movimiento y, sin importar cuánto lo intentara o cuánto cambiara mi estrategia, siempre obtienes el mismo resultado.

Aún desconozco en qué momento perdí la concentración y te dejé ganar. Insisto en que te dejé porque de alguna manera me convenciste para que accediera y alzara al viento mi bandera de blanca rendición. Lo peor de todo es que ni siquiera me has puesto un dedo encima, nunca has intentado siquiera el más mínimo contacto físico y, aún así, derribaste cualquier defensa que pudiera tener.

¿Será acaso que entre más me defendía, más me enredaba tu seductor encanto? Porque he de confesar que sabes exactamente qué decir, qué hacer y hasta qué pensar a cada momento. Comprendes qué posible reacción o acción tomaré frente a lo que acontezca y te adelantas al resultado aún antes que se den los hechos. ¡Eres increíble! Y, aún así, tengo mis reservas para contigo.

Enamorada me tienes y, a pesar que mi corazón clama tu nombre, no puedo entregarme a tí por completo. Aunque sueñe con tus labios posándose sobre los míos, con tus manos deslizándose por mi piel, con tus caricias que me envuelven por completo… Aunque mis sueños griten que ya soy tuya en cuerpo y alma, y me desgarren a pedazos al revelarse contra lo que me ha quedado de razón… Aún así, no puedo ceder del todo ante tí, porque si cedo, me cedo a mí misma y he de perderme en tí para nunca volver en mí.

 

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