Etiquetas

, , , , , , ,

Al principio, fue una noche algo incómoda. Pensando en la respuesta que debía darme a mí misma, perdí la oportunidad de dejarme llevar en los brazos de Morfeo. Me levanté de mi cama y me asomé a la ventana. Observé las gotitas de lluvia que acariciaban las hojas de los árboles, deslizándose y suavemente rozando la delicada superficie. Me dejé envolver por el sonido tranquilizante que producen las gotas al golpear con fuerza la tierra, las rocas, todo lo que encuentran mientras se precipitan desde el cielo. Ese sonido que se siente como si mis oídos fuesen llenados de una arrulladora melodía.

Ví, además, un cielo que se ocultaba detrás de las nubes como diciéndome que su brillante vestido de noche no debía ser visto por mis ojos hasta que estuviese limpio y reluciente como si acabase de ser hecho. ¡Un vestido que me ha maravillado desde pequeña! Precioso… ¡como ninguno! Ese que me eleva a imaginar y crear mis más grandes sueños. Ese vestido que me invita a levantar la mirada y perderme en el laberito de mis pensamientos.

Absorta en mis ideas, contemplaba cada detalle del futuro que anhelaba. Caí en la cuenta que entre aquello que mi corazón más anhelaba te encontrabas tú. No entendía cómo habíamos llegado a este punto. Nunca me dejé llevar tanto por mis sentimientos. Me volví volátil, impulsiva e incluso un poco codiciosa al descubrir que esperaba, cada vez más ansiosa, la siguiente vez que nos encontrasemos. A pesar que el solo verte me llenaba de emoción y aceleraba mi corazón. Y… ayer sucedió. Te vi primero a lo lejos, y no sabía si me reconocerías. Pasaste a mi lado y no te percataste de mi presencia, como si fuese un adorno más en aquel lugar.

Mi corazón se descontroló mientras yo pensaba que habías borrado mi recuerdo de tu mente. Ni mi rostro te era familiar. Comencé a pensar en el recuerdo de las sonrisas que me regalaste en muchas ocasiones y hasta aquellas que arrancaste de mis labios. Recordé nuestras conversaciones acerca de todo y de nada, esas que a veces tienen sentido y otras que no, esas conversaciones que en ocasiones no son más que excusas para compartir con la otra persona. Esas conversaciones que me dejaban con una sonrisa dibujada en mi rostro por las siguientes veinticuatro horas. Esas conversaciones que me elevaban hasta las nubes y a jugar con la luna y las estrellas. Entre tantas palabras que fluían sin cesar en mis pensamientos, de pronto sentí dos brazos abrazarme por detrás, dos brazos que me asían entre sí amorosamente, dos brazos que me devolvieron mi seguridad en un instante.

Me giré y, ahí estabas, tan sonriente como te recordaba. Tan dulce y lleno de vida como te anhelaba. El tiempo hizo una pausa y mi corazón volvió a su ritmo acostumbrado. En ese momento, fuimos solo tú y yo. En ese momento, el mundo desapareció. Al recordar, Morfeo regresó y pude al fin en sus brazos soñar.

Sol Ardiente de Junio, Lord Frederic Leighton
Pintura al óleo, 1895.

Anuncios